Thursday, May 12, 2016

Estracto del Libro de «In Patagonia» de Bruce Chadwin


Capítulo 52


En Río Gallegos me alojé en un hotel económico, pintado de un verde ponzoñoso, que frecuentaban los inmigrantes llegados de Chiloé. Los hombres jugaban al dominó hasta altas horas de la noche. Cuando pregunté por la revolución de 1920, me contestaron con murmullos y vaguedades: los preocupaba una revolución más reciente. Entonces les pregunté por la secta de brujos varones conocida en Chiloé por el nombre de Brujería. Por lo poco que sabía, pensaba que tal vez ésta explicaría la forma en que se habían comportado en 1920.

—La Brujería —contestaron sonriendo—. No es más que una leyenda.

Pero un anciano se retrajo y calló al oír el nombre.

La Secta de la Brujería ha sido creada para hacer sufrir a la gente común. Nadie sabe con exactitud dónde está su sede. Pero hay por lo menos dos ramas de su Comité Central, una en Buenos Aires y otra en Santiago de Chile. Se ignora cuál de ellas es la más poderosa, o si ambas dependen de una Autoridad Superior. Los comités regionales están dispersos por las provincias y aceptan sin chistar las órdenes que llegan de arriba. A los nuevos miembros les ocultan los nombres de los funcionarios de mayor jerarquía.

En Chiloé, el comité lo conocen por el nombre de Consejo de la Cueva. Dicha cueva se encuentra en algún lugar de los bosques situados al sur de Quincavi, bajo tierra. Todo aquel que la visite sufre después una amnesia transitoria. Si se trata de una persona alfabetizada, pierde las manos y la facultad de escribir.

Los novicios deben someterse a un curso de adoctrinamiento que dura seis años. Como el programa de estudios sólo lo conoce el Comité Central, las escuelas de la isla tienen un carácter provisional. Cuando un instructor cree que su discípulo está en condiciones de ser admitido, el Consejo de la Cueva se reúne y lo somete a una serie de pruebas.

El candidato debe sumergirse durante cuarenta días y cuarenta noches bajo una cascada del río Traiguén, para lavar los efectos del bautismo cristiano. (Durante este lapso le permiten comer un poco de pan tostado). Luego debe atrapar, sin falta, una calavera que el instructor le arroja desde la copa de un tricornio. Debe matar a su mejor amigo para demostrar que ha borrado todo vestigio de sentimiento. Debe firmar un documento con sangre de sus propias venas. Y debe desenterrar el cadáver de un varón cristiano recientemente sepultado, y arrancarle la piel del pecho. Una vez curada y seca, la cose a un «chaleco de ladrón». La grasa humana que sigue adherida a la piel le confiere una suave fosforescencia que alumbra las expediciones nocturnas del miembro de la secta.

Los miembros plenos tienen poderes para robar la propiedad privada; para transformarse en otros animales; para influir sobre los pensamientos y sueños; para abrir puertas; para enloquecer a los hombres; para cambiar el curso de los ríos; y para diseminar la enfermedad, sobre todo los nuevos virus que no responden al tratamiento médico. En algunos casos el miembro lastima ligeramente a su víctima y le permite volver a comprar su vida mediante la entrega al Consejo de la Cueva de una porción de su propia sangre (recogida en una caracola). Si alguien comete la imprudencia de burlarse de la secta, lo duermen y lo tonsuran. El pelo no volverá a crecerle hasta que firme una confesión.

Entre el equipo técnico que la secta tiene a su alcance se cuenta el Challanco, una piedra de cristal a través de la cual el Comité Central examina los mínimos detalles de la vida del hombre. Aún nadie ha descrito con absoluta precisión dicho instrumento. Algunos lo presentaban como un cuenco de vidrio; otros, como un gran espejo circular que emite y recibe rayos penetrantes. Al Challanco se lo conoce por los nombres de libro o mapa. No sólo espía a todos los miembros de la jerarquía, sino que también se cree que contiene una copia indescifrable del dogma de la mismísima secta.

Sólo los hombres pueden enrolarse, pero la secta utiliza mujeres para llevar mensajes urgentes. A la mujer que cumple esta función se la llama Voladora. Generalmente un miembro de confianza elige a la joven más bella de su familia y la obliga a desempeñar este papel. Posteriormente, la mujer no puede retomar su vida normal. La primera etapa de su iniciación también consiste en un baño de cuarenta días. Le dicen que se reúna una noche con su instructor en un calvero del bosque. Lo único que ella ve es una lustrosa fuente de cobre. El instructor le da órdenes pero nunca aparece. Le manda que se desnude y se coloque de puntillas con los brazos alzados. Un trago de un líquido amargo le hace vomitar los intestinos.

—¡Dentro de la fuente! —ruge él—. ¡Dentro de la fuente!

Una vez libre de sus entrañas, la mujer se siente suficientemente ligera como para criar alas como un pájaro y volar sobre los asentamientos humanos lanzando chillidos histéricos. Al amanecer, vuelve a donde está la fuente, digiere nuevamente sus intestinos y recobra la forma humana.

La secta posee su propio barco, el Caleuche. La ventaja que éste tiene sobre los otros consiste en que puede introducirse en el ojo del huracán e incluso puede navegar bajo la superficie. Está pintado de blanco. Sus mástiles están alumbrados por innumerables luces de colores y de su cubierta brota una música embriagadora. Se cree que transporta carga para los traficantes más ricos, todos los cuales son agentes del Comité Central. El Caleuche tiene una avidez insaciable de tripulantes, y secuestra marineros en el archipiélago. Cualquiera que tenga un rango inferior al de capitán queda instantáneamente abandonado sobre una roca solitaria. A veces, se ven marineros enloquecidos que deambulan por las playas, entonando las canciones del Comité Central.

El individuo más singular relacionado con la secta es el Invunche, o Guardián de la Cueva, un ser humano degradado a la condición de monstruo mediante un procedimiento científico especial. Cuando la secta necesita un nuevo Invunche, el Consejo de la Cueva le ordena a un miembro que robe un crío de seis meses a un año. El Deformador, que reside permanentemente en la Cueva, se pone a trabajar de inmediato. Disloca los brazos y las piernas y las manos y los pies. Después inicia la delicada operación que consiste en alterar la posición de la cabeza. Día tras día, y durante períodos interrumpidos de muchas horas, gira la cabeza con un torniquete hasta hacerla rotar ciento ochenta grados, o sea, hasta que el niño puede mirar rectamente a lo largo de su propia columna vertebral. Queda pendiente una última operación, para la que se necesita otro especialista. En una noche de luna llena tumban al niño sobre un banco de trabajo y lo amarran a éste, con la cabeza cubierta por un saco. El especialista practica una profunda incisión debajo de la paletilla derecha. Luego inserta el brazo derecho en la herida y la cose con hilo extraído del cuello de una oveja. Cuando cicatriza, el Invunche está completo.

Durante el proceso, al niño lo alimentan con leche humana. Después de destetarlo, le cambian la dieta por otra de carne humana joven, seguida por la de un varón adulto. Cuando no se pueden obtener estos productos, se los sustituye por leche de gato y carne de cabrito y macho cabrío. Una vez instalado como Guardián de la Cueva, el Invunche está desnudo y le crecen largos pelos cerdosos. Nunca adquiere la facultad de hablar como los hombres, pero con el transcurso de los años asimila nociones prácticas acerca de los procedimientos y puede instruir a los novicios con gritos broncos y guturales.

A veces el Comité Central reclama la presencia del Invunche para ceremonias de naturaleza desconocida que se celebran en un lugar ignoto. Como el individuo está inmóvil, un equipo de expertos lo transporta por aire.

Sería engañoso sugerir que la población acepta mansamente las imposiciones de la secta. En secreto ha declarado la guerra al Comité Central y ha ido perfeccionando su propio sistema de espionaje y defensa. Su propósito consiste en sorprender a un miembro en plena fechoría. Se supone que cuando lo atrapan con las manos en la masa no vive más de un año. La gente espera perfeccionar un día su equipo de escuchas para poder infiltrarse así en las jerarquías superiores del Comité Central.

Nadie logra evocar el recuerdo de una época en que no existiera el Comité Central. Algunos sugieren que la secta se hallaba en estado embrionario aun antes de la aparición del hombre. Es igualmente plausible que el hombre mismo se convirtiera en hombre merced a su feroz oposición a la secta.

Sabemos con certeza que el Challanco es el mal de ojo. Quizá el «Comité Central» es el sinónimo de la Bestia.